martes, 19 de abril de 2011

The Strokes – Angles (2011)

Hace unas semanas The Strokes lanzó su último video clip promocionando el single Under Cover of Darkness. Al principio del video aparecen todos los integrantes menos el vocalista, Julian Casablancas, vestidos de etiqueta tocando sus respectivas partes sin inmutarse. Cuando aparece la voz, hay un corte a un trono vacío. Un poco después aparece Casablancas en una habitación solo, con su típico look de rockstar genérico. Durante el resto del video no interactúa con los demás miembros de la banda, quienes se encargan de centrarse en su instrumento.

¿Para qué les comento esto? Bueno, no sé si será intencional o no pero creo que este video refleja claramente lo que fue la realización de Angles. Como ya ha sido expuesto en numerosas entrevistas por parte de unos molestos y gruñones Strokes, este disco no fue fácil de hacer. En palabras de Albert Hammond Jr, “fue horrendo”.

Luego de probar distintos productores, los arreglos musicales fueron compuestos en su gran mayoría sin la presencia de Casablancas. Los 4 miembros restantes trabajaron duro sin su vocalista para luego enviarle a éste versiones instrumentales de los temas para que grabara las voces por su cuenta. Según Hammond Jr hubiera sido muy raro para Casablancas ser parte del proceso colectivo. Esto evidencia una gran tensión dentro de los integrantes de The Strokes. El hecho de que sean tan abiertos ante los medios con respecto a esta relación tormentosa ha teñido mucho las críticas a este disco en mi opinión.

Este tipo de críticas musicales/sensacionalistas no le hacen justicia a Angles. Incluso llego a pensar que estos críticos muchas veces elaboran un trabajo investigativo para generar contexto y sonar inteligentes dejando de lado lo que de verdad importa, la música. ¿Han escuchado el disco lo suficiente?, ¿Les importa a estos críticos el desarrollo como guitarrista que ha presentado Nick Valensi en estos diez años de carrera?, ¿Valoran los distintos momentos que generan en canciones de 3 minutos?, ¿Dejan de lado sus preconcepciones sobre cómo The Strokes debería sonar? Por lo que he visto dando vueltas en los sitios más taquilleros de internet, da la impresión que la respuesta a todas estas preguntas es NO.

Angles es un disco muy distinto a los anteriores de la banda. En los discos anteriores (especialmente los dos primeros) lo que escuchas en el disco es, en su esencia, The Strokes tocando en vivo sus canciones sin mayores arreglos de post-producción. En Angles sucede todo lo contrario. Por ejemplo aparecen varias capas de voz por parte de Casablancas. Personalmente, no esperaba encontrarme con armonías de voz en un disco de The Strokes, lo cual apareció como una grata sorpresa.

Machu Picchu es la primera canción del disco. La canción abre con fuerza, anunciando un nuevo sonido que al mismo tiempo se parece a muchas otras bandas. Esta es una de las fortalezas de The Strokes. Al escuchar esta canción te puedes encontrar diciendo “Esta parte es muy The Clash” y después contradecirte opinando que el coro suena como una canción de videojuego ochentero. En Angles, la banda demuestra que han escuchado y tocado de todo. Sin duda han logrado sacarle provecho al máximo a sus influencias para crear algo nuevo. Esta carta de presentación también da cuenta de otra fortaleza. Una cosa son los riffs y sonidos pegotes que logran sin esfuerzo (o así pareciera). Lo otro es el juego de intensidad que le dan a estas secciones. En una misma canción de 3 o 4 minutos pueden tocar las mismas notas de distintas formas. Es aquí donde Fabrizio Moretti juega un rol fundamental como percusionista ya que es capaz de llevar al oyente a una montaña rusa o a un paseo en góndola mientras el resto de los músicos sigue tocando, matizando cada canción. El resto de los músicos no se queda atrás. Si bien la música de The Strokes es bastante directa y sin mayores pretensiones, para el oyente es muy difícil predecir lo que va a suceder. Para mí, este es uno de los factores más seductores de The Strokes: siguen siendo una banda de rock básico pero siempre te sorprenden.

Como ya es costumbre para The Strokes (y para muchas otras bandas), la segunda canción es el primer single promocional. No es difícil ver por qué esta canción fue la elegida para representar a Angles. Under cover of Darkness posee el sonido clásico de la banda y es lo suficientemente directa para que su versión en vivo sea lo mismo a la versión en estudio. Pero por lo mismo, ésta y Gratisfaction son las canciones menos arriesgadas del disco. Son canciones que, evidentemente, tienen mucho mérito pero probablemente los seguidores prefieren cualquier canción de sus discos anteriores por sobre éstas.


El discurso de Casablancas no se distancia mucho de lo dicho en discos anteriores. Aparece ese sentimiento de angustia e inseguridad a lo largo de todo el disco. Casi todo el tiempo las letras están dirigidas a otra persona, una mujer. Muchas veces ruega o da explicaciones (I don’t wanna fight). Otras veces declara su estado de descontento con el mundo (I’m living in an empty world). Bajo esa coraza de estrella de rock imponente y sólido aparece una persona perturbada que detalla su malestar emocional, su disgusto frente a todo lo que le rodea y sus ganas de ser otra persona (I wanna be somebody like you instead of me). Considerando que The Strokes es una bandas de rock más populares y unánimemente aceptadas, es probable que muchos de sus oyentes no se percaten de esta cualidad de gran parte del catálogo de esta banda, sobre todo en Angles. En You are so right, estas inseguridades salen a flote y van acompañadas por guitarras muy expresivas (a los 2:10 de la canción aparece el momento más Sonic Youth de toda la carrera de The Strokes).

La música acompaña estos sentimientos en la mayoría de las canciones, lo cual hace parecer que la realización de este disco fue un trabajo colectivo, aunque no lo sea. En Two Kinds of Happiness el sonido de The Strokes da un giro que sorprende y que conduce las letras de Casablancas con sentido.

Así como esta banda fue pionera en popularizar el sonido “vintage” con referencias a los 70s, ahora aparecen referencias bastante explícitas al sonido de los 80s. Algo de esto pudimos escuchar en el disco solista de Casablancas (del cual no vale la pena hablar) y también lo podemos notar en la moda en general. ¿Es este un cometido oportunista por parte de The Strokes? ¿Es una coincidencia que una década después de haber referenciado un sonido setenero, quieran hacer lo mismo con lo ochentero?

Aquí aparece una desventaja. The Strokes ya no es una banda novedosa. Ya no son los líderes del movimiento vintage. Si bien son una banda consolidada y respetada, estos cambios de sonido no son fáciles de digerir para los oyentes, sobre todo cuando pareciera que The Strokes se está adecuando a la moda y no al revés.

De todas formas, son capaces de entregar buenas canciones y finalmente eso es lo que importa. En Games pareciera como si Valensi y Hammond Jr guardaran las guitarras (salvo por un breve interludio) y se volcaran por completo a los teclados y sintetizadores (y marimbas). La batería de Moretti suena como nunca antes. Claro que ésta no es la primera vez que The Strokes coquetea con percusión electrónica pero nunca antes habían sido tan explícitos.

Así como la banda logra sorprendernos con la complexión de su sonido, también aparece un nuevo tipo de trabajo en Call me Back. Algo similar habíamos visto en Ask me Anything del disco anterior. En ambos esfuerzos, la banda se muestra desnuda sin percusiones y con arreglos simples de guitarra y teclados, sin mucha producción pero que al mismo tiempo evocan a composiciones sinfónicas que hasta podrían ser parte de un musical. En el transcurso del disco, esta canción representa un punto de quiebre importante. Sin duda para este oyente en particular es un respiro agradable y novedoso.

No hay mucho que decir sobre las dos canciones que preceden el cierre. Es la banda en su sonido original, incluso podemos escuchar a Casablancas a través de esa distorsión vocal tan característica de los primeros discos de The Strokes. Tanto Gratisfaction como Metabolism parecen resumir lo que ha sido el sonido de esta banda desde sus inicios hasta ahora. En Metabolism incluyen arreglos sutiles de sintetizadores, recordando que el sonido actual de la banda contempla un trabajo intenso de post-producción que antes parecía no existir o era llevado a cabo de manera tan sutil que pasaba desapercibido.

Life is Simple in the Moonlight cierra Angles. Como hemos escuchado en muchas canciones anteriores de la banda, aquí aparece la inseguridad del protagonista (para no decir de Casablancas) como siempre la hemos conocido, como es familiar para el oyente. A mi gusto, es una excelente canción. Siempre que escucho este disco espero no tener que interrumpirlo para llegar a escucharla. Esta canción logra coronar a Nick Valensi como un excelente guitarrista, capaz de llevar a cabo solos cuya composición asombra y denotan trabajo arduo, en lugar de improvisación virtuosa que, para qué estamos con cosas . . . a estas alturas, es lo más aburrido del rock de guitarras. Lo mismo pasa con Albert Hammond Jr. El sonido fusionado de estos dos músicos sigue con fuerza y apelando a las fortalezas de cada miembro. Si bien la prensa se ha encargado de recalcar la ausencia de Casablancas durante el proceso de grabación, Angles no representa eso. Si uno omite los detalles de teleserie, este disco representa lo que The Strokes siempre ha sido (más unas cucharadas de postproducción.)


La presencia de estas nuevas técnicas y herramientas en el sonido de The Strokes parecen ampliar los horizontes de la banda sin restringir lo que ha sido (y seguramente seguirá siendo), una excelente entrega en vivo. En otras palabras, los sintetizadores, efectos y baterías electrónicas son refrescantes y atractivas pero completamente prescindibles y olvidables al momento de verlos arriba de un escenario haciendo lo que hacen mejor: Ser una de las principales y más respetadas bandas de rock de la última década.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Pink Floyd - Meddle (1971)

Cuesta mucho ser objetivo escribiendo sobre algo del pasado que uno considera como influencia para ciertas cosas del presente. Especialmente cuando estas cosas del pasado y presente son tan apreciadas por uno. Digo esto como advertencia ya que este artículo sobre el sexto trabajo de estudio de Pink Floyd es completamente apreciativo. Además, este año se cumplen 40 años desde el lanzamiento de Meddle, por lo que me parece apropiado publicarlo.

Pink Floyd está muy presente en la vida de este humilde ensayista. Gracias a la influencia de mi hermano mayor, tuve un primer acercamiento a Pink Floyd a una edad muy temprana. Todavía recuerdo ese cassette blanco con letras naranjas que decía “Pink Floyd – The Wall”. Para mi, Another Brick in the Wall pt 2 era lo máximo. Con un pobre inglés cantaba “wi doun nid nou eduqueichon” y parecía que nada podía ganarle a esa canción. En ese momento era lo más “taquilla” en mi vida.

Poco sabía en ese entonces (y poco me interesaba) que había un mundo entero de Pink Floyd que desconocía. Y más impresionante aún era el hecho que este mundo había sido creado mucho antes que yo naciera.

Pink Floyd lanzó Meddle a principios de los setenta luego de un bagaje de psicodelia que los había tildado como los maestros del rock espacial. En esos tiempos, los cuatro años que separaban el debut de Pink Floyd con Syd Barrett y Meddle deben haber parecido una eternidad. Mucho pasó en esos años. Barrett fue desvinculado de la banda, refugiado en su propia demencia. En su reemplazo apareció el virtuoso profesor de guitarra de Barrett, David Gilmour. Esto generó un gran cambio pues Pink Floyd pasó de tener un marcado líder a tener dos, Gilmour y Waters.

Luego del trabajo experimental de Atom Heart Mother, Pink Floyd había logrado demostrar su capacidad para generar obras extensas, marcadas por distintos momentos y matizadas por experimentación sónica de todo tipo; desde sonidos de animales hasta orquestaciones complejas. Siguiendo esta línea de experimentación, es fácil apreciar el avance de Pink Floyd durante toda su carrera (hasta The Wall por lo menos). Meddle marcó un punto de inflexión para la banda. El éxito comercial y creativo que lograron un par de años después con Dark Side of the Moon es una cosa pero la consolidación de su sonido y modus operandi, dejando de lado la psicodelia sesentera, es otra. Este avance musical (e histórico) queda registrado en 1971 con el lanzamiento de Meddle.

En 1971, el rock de guitarras y los conciertos de dos horas se habían transformado en una estampa de la música popular. Con un guitarrista como David Gilmour y canciones de veinte minutos, Pink Floyd de inicios de los setenta no se quedaba atrás pero al mismo tiempo distaba de ser un espectáculo como Led Zeppelin. Por el contario, Pink Floyd siempre se presentó a su público como una banda elegante, reflexiva y algo perturbada. ¿Se imaginan a Rick Wright con un séquito de groupies lanzando televisores por las ventanas de los hoteles? No creo. Puede parecer ridícula esta comparación pero de alguna forma u otra se traduce musicalmente.

Sin vocalista showman, solos exuberantes ni hábitos destructivos, Meddle representa a la banda tal y como es. Si bien algunos de estos clichés nunca fueron parte de Pink Floyd, muchos de los cánones que ahora concebimos como ingredientes principales del rock clásico si los caracterizan y aparecen una y otra vez en Meddle; las guitarras distorsionadas, la influencia del blues, las baladas acústicas, etc.

Con el sonido del viento que pasa de un parlante a otro (o de un audífono a otro) comienza el disco. Poco a poco entra el bajo con eco llevando el ritmo de toda la canción con dos acordes. Si bien la estructura es extremadamente simple, deja el espacio para que Pink Floyd se introduzca en esta primera canción como genios de los temas instrumentales. Poco a poco entra la guitarra de Gilmour con una distorsión desgarradora mientras el sonido se desliza y se desplaza de un acorde a otro. La presencia de cada miembro de Pink Floyd es clarísima. Los teclados de Rick Wright, el bajo omnipresente de Waters (y Gilmour, quien grabó el segundo track), las guitarras gruesas de Gilmour y la potencia y constancia de la batería de Nick Mason (ver video abajo) no pasan desapercibidas. One of these days da la bienvenida al oyente presentándole cada miembro de la banda por separado pero con un sonido poderoso.


Luego de esta introducción y nuevamente con el sonido del viento, entra la segunda canción, A Pillow of Winds. No hay silencio entre estas canciones, la música fluye en el viento de una canción a otra. En esta segunda canción, David Gilmour deleita con una balada acústica acompañada por arreglos de guitarra slide generando un cambio notorio como si la canción anterior fuera un aterrizaje forzoso lleno de emociones y esta canción fuera el lugar tranquilo y sereno de destino. Este ánimo más calmado se mantendrá por varias canciones.

La mayoría de las baladas acústicas como Wild Horses de The Rolling Stones o Tangerine de Led Zeppelin poseen una estructura bastante directa, al punto que cualquier “guitarrista de fogata” puede replicarlas sin hacer el ridículo. Con A Pillow of Winds no sucede eso. Es una canción de amor con momentos sonoros oscuros y punzantes, que juega con la intensidad anímica que provocan los cambios de acordes mayores a menores. Personalmente, considero esta una de las canciones más menospreciadas del repertorio de Pink Floyd, sin duda es de las mejores composiciones de Gilmour.

“Fearless” es un término propio de los entusiastas del fútbol inglés de la época. Era utilizado como quien dice “la raja” hoy en día en nuestra cultura (o “awesome” para los anglosajones). Este es el título del tercer tema de Meddle. Con Roger Waters a la guitarra acústica y bajo y con Gilmour a la voz, esta canción posee un sentimiento de optimismo que se ve reflejado tanto en las letras como en la música. Las notas ascendentes que componen el riff principal dan un aire positivo y entusiasta. Estas influencias futbolísticas y optimistas se ven reflejadas al final de la canción cuando aparece la barra del equipo de Liverpool coreando el clásico de estadios “You’ll Never Walk Alone” (“Nunca caminaras solo/a”). Una vez más demostrando la capacidad de Pink Floyd para incorporar sonidos ajenos a los instrumentos de la banda dentro de sus composiciones.





Las dos canciones que le siguen aluden a lo mencionado anteriormente con respecto a las influencias de blues en Pink Floyd. San Tropez, compuesta e interpretada por Waters también posee esas guitarras acústicas que dominan la sección del medio de Meddle y habla sobre un día en el balneario francés del mismo nombre. Es una canción sencilla, alejada de cualquier pretensión cósmica como otras obras de la banda. El solo de slide de Gilmour adorna esta canción con un sonido tropical y folclórico.

La primera mitad de Meddle cierra con Seamus the Dog, un blues directo, interpretado sin mayor esfuerzo y con el sabueso Seamus ladrando durante toda la canción. Más que nada, esta canción demuestra que los integrantes de Pink Floyd tampoco se tomaban tan en serio y eran capaces de reírse de sí mismos.

Algo les comenté sobre la dualidad de los vinilos en el artículo pasado. A lo que me refería es al hecho de que los seguidores de la música hace algunas décadas (o los puristas actualmente) tenían que dar vuelta el disco de vinilo cuando la aguja terminaba de recorrerlo para seguir escuchándolo. Por lo tanto, cada disco tenía dos caras. Muchos intérpretes vieron esto como una oportunidad para generar dos lados distintos para cada disco, no solo una agrupación de canciones. Entre los discos que, a mi parecer, aprovechan esta oportunidad al máximo creo que vale la pena mencionar Low de David Bowie y, claramente, Meddle de Pink Floyd.


El segundo lado de Meddle cuenta con una sola canción, Echoes, cuya duración supera los 23 minutos. Desde esa primera nota del piano de Rick Wright hasta el desvanecimiento del sonido al final, este es un viaje sónico a lo más profundo de la psicodelia floydiana post Barrett. Al mismo tiempo, las letras escritas por Waters e interpretadas en armonía por Gilmour y Wright generan paisajes que, junto con los arreglos musicales, transportan al oyente a lugares como “cuevas de corales donde todo es verde y submarino” y al mismo tiempo le hacen cuestionarse conceptos tan profundos como la identidad, el “yo y ellos”, el cual será un tema recurrente durante toda su discografía (con Waters). Pocas veces esta banda ha generado tanta colaboración por parte de sus miembros en una sola pieza de música. Si bien, las canciones de más de 8 minutos son algo común para Pink Floyd, Echoes demuestra genialidad en mezclar lo que fue su sonido del pasado (psicodelia) con lo que será su sonido en discos posteriores (progresivo), inyectando momentos únicos donde la estructura de versos y coros sale por la ventana. Esta canción también representa una de las obras más desafiantes para sus seguidores. Les aseguro que mucho de los que visten poleras de Dark Side of the Moon probablemente nunca han escuchado esta canción entera más de una vez. Simplemente porque no es fácil. Es un desafío que Pink Floyd decidió establecer ante sus seguidores y que, de paso, cambió la forma en cómo las bandas se enfrentan a su música y a su público.

Pink Floyd definió su sonido para la posteridad con Meddle. También consolidó a Roger Waters como el poeta de la banda y a Gilmour como el arreglista con una de las voces más dulces del rock clásico.

Cuarenta años después, este disco parece haber superado la barrera del tiempo. Tanto así que muchas bandas nuevas me hacen decir "Hey, este disco tiene un sonido muy Meddle".


sábado, 12 de marzo de 2011

Radiohead - The King of Limbs (2011)

Radiohead es una banda que siempre sorprende, para bien o para mal. Nadie se esperaba algo como Idioteque o Everything in its Right Place luego de haber disfrutado de algo como Paranoid Android algunos años antes. Este tipo de analogías se pueden aplicar para casi todos sus lanzamientos.

En su sexto disco, Hail to the Thief (2003), ya parecían haber logrado un sonido particular (lejos de ser repetitivo) hasta el punto que casi cualquier oyente casual podía escuchar una canción en la radio y decir “esto es Radiohead, ¿verdad?”. Luego con In Rainbows (2007), lograron uno de sus trabajos más celebrados y se centraron en el ojo del huracán por un tiempo (y no solo por su estrategia de lanzamiento) apareciendo en los grammys con una banda marchante y llegando a lugares tan recónditos como nuestra capital.

Pasaron algunos años y de un día para otro, tras misteriosas declaraciones y especulaciones por parte del ejército de fanáticos, lanzaron King of Limbs, su disco más corto hasta la fecha. No alcanza a durar 40 minutos y cuenta con ocho canciones.

Luego de muchas conversaciones con amigos que comparten mi nivel de fanatismo ya he escuchado de todo. Muchos dicen que hay que “digerirlo”, otros alegan por lo corto del disco y algunos incluso lo tildan de “fome”.

Con respecto a la duración, no sé si hay gente que está “mimada” por discos eternos o si en muchos ya se ha perdido la noción del disco de estudio.

Cuando el vinilo dejó de ser masivo, se perdió poco a poco la dualidad de los LP. El hecho de que cada disco tuviera dos lados representaba una oportunidad para generar un monstruo de dos caras. Quizás algo similar pasó con la revolución digital hasta el punto que los oyentes actuales parecen quedar perplejos ante cosas triviales como la duración de un disco.

Para mí este no es tema de discusión. Hay clásicos como Marquee Moon de Television que cuentan con ocho canciones y también hay otras joyitas como los dos primeros discos de The Strokes cuya duración apenas pasa la media hora. Si el disco es conciso y llama la atención al punto de decir “voy a volver a escucharlo”, ¿realmente importa la duración?

King of Limbs comienza con una de las canciones más “pegadas” de esta banda: Bloom (Florecimiento o florecer). Con percusiones que parecen un cruce entre batucadas orgánicas y electrónicas, se puede decir que el disco abre con una energía no tan habitual para Radiohead. Poco a poco comienzan a aparecer lugares comunes que da gusto reconocer. Primero el bajo de Colin Greenwood que deja espacios vacíos y le da gran peso con líneas que hasta parecen un poco funk. Poco después entra la voz de Thom Yorke quien va asumir un rol un poco más protagónico a medida que avanza el disco. La canción varía poco melódicamente pero juega mucho con los espacios y la intensidad. Es una canción energética que habla sobre algo grandioso, sobre océanos y el cosmos, (The Universe will sigh / El universo suspirará) y sin duda los acompañamientos de cada miembro de la banda le hacen justicia a esta temática.

Este inicio nos presenta a un Radiohead familiar y distinto a la vez. Familiar porque trae recuerdos de una composición con muchas capas y sonidos cuya procedencia generan inquietudes como “¿cómo mierda hicieron ese sonido?” o “¿cómo van a tocar esto en vivo?”. Distinto porque es probablemente el trabajo de más bajo perfil desde Amnesiac.

No te esperes himnos como Street Spirit o Lucky ni rock de tres guitarras como Bodysnatchers. Algo hay de esos saca-lágrimas como How to Disappear Completely pero en general el ánimo de este disco representa algo más reflexivo y tranquilo. Tampoco hay composiciones complejas y cerebrales. Surge una libertad y una simpleza acompañada por arreglos minimalistas y atmosféricos que da gusto pero que apenas despierta el intelecto musical.

En canciones como Morning Mr Magpie y Lotus Flower la banda logra demostrar su grandiosa capacidad para experimentar dentro de un marco estructurado y natural. En una incesante búsqueda sónica para hacer de las sencillas composiciones de Thom Yorke algo aventurero y novedoso, Radiohead triunfa nuevamente pero de paso deja de lado un sonido que le abrió puertas al público masivo hace algunos años. Se podría decir que Radiohead desafía a su público de forma similar a como lo hizo hace algunos años con Kid A y Amnesiac (2000 – 2001).

La presencia de Thom Yorke es abrumadora sin ser avasalladora y, como nunca antes, aparece como el líder y protagonista de Radiohead. Esto queda aún más en evidencia con el video promocional de Lotus Flower (que debe haber contado con un presupuesto similar al de Subterranean Homesick Blues de Bob Dylan).



Su voz domina el disco desde el inicio hasta el final. Incluso en el tema más bizarro del disco, Feral, la voz de Yorke, retocada por Jonny Greenwood (probablemente), juega un rol fundamental y le da carácter no solo a este tema instrumental sino a todo el disco, dando a entender que este recurso vocal es posiblemente el arma más potente de la banda.

En cada instante de los 37 minutos de King of Limbs, Radiohead se muestra como una banda muy segura y que sabe perfectamente dónde, cuándo y cómo hacer lo que hace mejor. El bajo de Colin Greenwood tiene mucha presencia y aparece en momentos precisos, aprovechando cada espacio y cada silencio. Por otro lado, las guitarras parecen fundirse entre sí durante gran parte de este disco. Con un poco de cultura sobre esta banda uno fácilmente puede distinguir una guitarra de Jonny Greenwood en los discos previos, pero no en King of Limbs. Fuera de ciertos pasajes en Little by Little, no hay riffs ni líneas de guitarras especialmente llamativas. Por lo general King of Limbs logra una mezcla de sonidos que posiblemente no resulten tan atractivos al principio y que tampoco destaca a los miembros de Radiohead por separado pero sí logra un sonido cálido lleno de detalles y paisajes sonoros.

La segunda mitad de King of Limbs aparece con canciones que, en su núcleo, poseen una personalidad similar a otros trabajos de la banda pero que, en su superficie, están matizadas por sonidos nuevos que complementan con armonías y cuerpo. Canciones como Codex y Give up the Ghost tienen esa calidez e inmediatez donde es fácil imaginar a Thom Yorke arrancando acordes en su piano o guitarra acústica (Give up the Ghost ya fue interpretada por Thom Yorke en una presentación en solitario). Ambas abordan temáticas conocidas en el repertorio de esta banda como el simbolismo del agua (The water’s clear and innocent / El agua es clara e inocente) y otros más oscuros como la muerte. De hecho el término “give up the ghost” tiene origen bíblico y se aplica para referirse a la muerte o a algo que deja de funcionar o existir.


El último tema de King of Limbs, Separator, desde su comienzo parece más lúcido que las canciones que le preceden. Luego de un mar de sonidos que han sido arrojados por todos lados durante el transcurso del disco, esta canción tiene un inicio un poco más sobrio en donde Thom Yorke hace referencia a estar despertando de un sueño vívido, lo cual de alguna u otra forma tiene sentido y le da un cierre preciso que a su vez le da cohesión al resto del disco. Poco a poco surge el sonido de Radiohead tal como si la banda estuviera resumiendo su obra intencionalmente pero haciendo algo completamente nuevo a la vez.

King of Limbs es un disco que presenta a Radiohead como una banda que sorprende nuevamente pero por razones inesperadas. Es distinto a su predecesor In Rainbows en todo sentido. Al mismo tiempo está rodeado por mucho misterio y ambigüedad. En el plano mediático, porque los integrantes del quinteto de Oxford han optado por mantenerse en silencio tras el lanzamiento lo cual es exactamente lo contrario a lo que hacen todas las bandas. En el plano musical, porque vuelven con un sonido distinto e intimidante para muchos.

Después de casi veinte años de trayectoria estas características son las que definen a Radiohead y hacen que esta última entrega sea una obra cautivante para sus oyentes y, especialmente, para sus fieles seguidores.